HECHOS HISTORICOS RESONANTES

DE SAN ANDRES DE GILES

El odontólogo Héctor J. Cámpora llegó a

Presidente de La Nación

El 11 de marzo de 1973, el odontólogo Héctor J. Cámpora, vecino de San Andrés de

Giles, fue electo presidente de la Nación en los comicios de ese entonces.

El ex presidente Juan Domingo Perón estaba proscripto por el régimen militar de

la década del 70 para el acto eleccionario del año 1973. Fue entonces el vecino

de San Andrés de Giles Héctor Cámpora, quien encabezó la fórmula presidencial.

Cámpora era un experimentado político de pueblo que llegó a lo máximo pero con

altos costos para él y su familia en un país que tenía periódico golpes de

estado. (Hoy terminó, creemos para siempre, las acciones militares en la

Argentina).

El gilense fue cinco veces presidente de la Cámara de Diputados de la Nación en

la década del 50 cuando Perón ejerció la presidencia hasta el golpe militar de

1955.

Cámpora fue presidente sólo por 49 días a partir del 25 de Mayo de 1973, dejando

su lugar para el regreso del General Perón, líder del Movimiento Peronista y que

se encontraba exiliado en España desde hacía 18 años.

Perón asume en 1973 tras un nuevo comicio y Cámpora es nombrado embajador en

México donde se relacionó y cosechó buenos amigos.

Durante sus escasos 45 días en el poder tomó una medida muy cuestionada aún hoy.

Propuso indultos y una amnistía que fue aprobada por el Congreso liberándose a

numerosos terroristas que se encontraban detenidos a disposición de la Justicia

Federal. A partir de 1974 se desató un fuerte accionar terrorista en la

Argentina cuando estos grupos decidieron pasar a la clandestinidad en plena

democracia.

Eso no fue perdonado por los militares argentinos que buscaron venganza contra

Cámpora en la noche del 24 de marzo de 1976, cuando "decidieron" dar otro golpe

de estado.

El ex presidente se encontraba ese día en San Andrés de Giles, en su domicilio

de la calle San Martín y Avellaneda. A pesar de que el golpe de estado se olía

en las calles desde hacía una semana, Cámpora permaneció allí hasta que un amigo

le informó que el 24 de marzo sería el golpe y resultaba conveniente que se

fuera de Giles.

Alrededor de las diez de la noche las luces del pueblo se cortó. Cámpora salió

con su Ford Fairland azul desde su garage de la calle Avellaneda y se dirigió a

un campo cercano a San Antonio de Areco.

Los militares llegaron a las 00 hs. y ametrallaron la puerta de la casa del ex

presidente en un pueblo más que apacible. Simultáneamente fuerzas del Regimiento

de Infantería 6 de Mercedes y la Policía cercaban y ametrallaban la casa de

campo de Cámpora cercana a Villa Espil. Muchos dijeron, después de esa noche,

que la orden era matar al ex presidente.

San Andrés de Giles fue virtualmente tomada por los militares que se instalaron

en el Colegio Nacional, obra realizada por Cámpora durante su etapa en la Cámara

de Diputados.

El ex presidente junto a su hijo se instalaron en un departamento de Barrio

Norte en Buenos Aires mientras amigos de ellos tramitaban su ingreso y asilo en

la embajada de México. Se resolvió casi dos meses su ingreso de la casa del

embajador. El portón de la residencia estaría abierto durante media hora un día

determinado. En un Renault 12 Cámpora ingresó junto a su hijo a la casa donde

estarían casi cuatro años.

En 1980 los militares resolvieron permitirle al ex presidente y su hijo el

exilio en México, al habérsele detectado un cáncer de garganta.

Cámpora falleció tiempo después. En diciembre de 1991 sus restos fueron

repatriados a la Argentina y sepultados finalmente en una tumba del Cementerio

Norte de San Andrés de Giles junto a su hijo Carlos que falleciera en 1985

producto de una grave enfermedad. Carlos estaba ejerciendo en ese momento una

concejalía en Giles. También se encargó, como abogado, de defender a su padre de

las acusaciones de los militares. El ex presidente Cámpora salió absuelto de

todos los cargos.

Hoy solo queda su hijo Héctor que también fue concejal de San Andrés de Giles

entre 1987 y 1991. En diciembre de 1999 volvió a ingresar al recinto de sesiones

y tiene mandato hasta el año 2003.

Vive actualmente repartiéndose entre Buenos Aires y Giles.

A continuación transcribimos la fuga del ex Presidente desde San Andrés de Giles, escapando de los militares.

El relato corresponde al libro de Miguel Bonasso "El Presidente que no fue".

"La mañana del martes 23 de marzo Héctor Cámpora se despertó en su austero

dormitorio de San Andrés de Giles, mirando sin ver el viejo armario de luna

coronado por dos cajas de sombreros que Nené había dejado arrumbadas, como malos

recuérdos del último viaje a España. Afuera, en la fría sala, se oís bostezar a

uno de los custodios, de los "suyos de siempre", y no de los que le había puesto

-para vigilarlo- "su amigo", el ministro del Interior. Había dormido

profundamente, suprimiendo arenas movedizas de la conciencia, pero a medida que

íba reconociendo el mundo, volvían los temores del día anterior.

"Una Argentina inerme ante la matanza."

Y más abajo:

"Al cabo de una jornada en la que cundieron las versiones de un inminente golpe

militar: LA PRESIDENTE REUNIO AL GABINETE EN SU DESPACHO".

Al dar vuelta de páginas de La Opinión aumentaba su desasosiego y la convicción

dé que "Timerman, como siempre, está jugado al golpe". Las principales páginas

de la sección política llevaban una elocuente cornisa: "LA AGONIA DEL REGIMEN";

las de policiales: "LA ESCALADA SUBVERSIVA"; las de economía: "LA CRISIS

ECONOMICA".

Un viejo enemigo del peronismo, el ex capitán de navío Francisco Manrique,

sostenía que un "gobierno muerto está siendo desalojado". El partido Nueva

Fuerza, que pertenecía al ingeniero Alvaro Alsogaray, profetizaba que los

dirigentes políticos, sindicales y empresariales vinculados al peronismo serían

"barridos". El clásico boletín antisubversivo registraba diez muertes violentas

en la jornada, omitiendo destacar que la inmensa mayoría de las víctimas habían

sido asesinadas por grupos paramilitares como el "Comando Libertadores de

América", una estructura clandestina del Ejército que había reemplazado a la muy

devaluada Triple A de López Rega. Sin incómodos desgloses, La Opinión registraba

"un muerto cada cinco horas y una bomba cada tres". En la misma edición,

informaba que la inflación había trepado al 30 por ciento mensual y al 700 por

ciento anual. Cables de Estados Unidos citaban declaraciones del senador

republicano Jesse Helms elogiando a las Fuerzas Armadas argentinas como único

"elemento constitucional que puede todavía garantizar las libertades y los

derechos humanos". El New York Times, por su parte, auguraba la renuncia o la

caída de "la aturdida y trágica figura instalada en la Casa Rosada".

Entre los múltiples movimientos de tropas que consignaba la crónica

periodística, había uno referido al Regimiento 6 de Infantería con base en la

vecina ciudad de Mercedes, donde Cámpora había nacido el 26 de marzo de 1909.

Ese regimiento, que conocía desde los tiempos en que lo comandaba el coronel

Rafael Videla (padre del general Jorge Rafael Videla), tenía ya la misión de

capturarlo y asesinarlo.

A tres días de cumplir sesenta y siete años y a tres años de la victoria del 11

de marzo, Cámpora esperaba noticias decisivas en su viejo reducto de San Andrés

de Giles, uno de esos caserones típicos de la campiña bonaerense; grises,

chatos, de una planta, con un balcón a cada lado de la entrada principal que daba a la calle San Martín. Obviamente, la calle del pueblo.

Como otros caudillos bonaerenses, Don Héctor prefería esperar los acontecimientos en su

territorio; el pueblo que había elegido cuarenta años atrás y al que regresó de

todos los golpes y destierros de una política impiadosa. Claro que había

regresos y regresos: el diario informaba, también, que el Turco Jorge Antonio

acababa de llegar tras veinte años de exilio en España. Un largo destierro que

solo interrumpió con cortos viajes al país, como el que hizo en julio de 1974,

para velar a Perón. Peleado con Isabel y López Rega llegaba a ver pasar el

cadáver de su enemiga, proponiendo una coincidencia cívico-militar y la

reiterada fantasía de los capitales árabes. Jorge Antonio le evocó la fuga de

Río Gallegos, que también había sido en marzo, diecinueve años antes. El golpe

del 55 y los errores de la primera caída. Los "entornos" y los acomodados, los

corruptos y los traidores como Teisaire.

-¿Por qué, Señor, por qué?- preguntó mentalmente a un destinatario no definido,

que podía ser Dios o Perón, mientras caminaba por el patio cubierto al que daban

el comedor sombrío con muebles de su suegra y la cocina donde hervía el puchero.

Al final de este patio-corredor había un cobertizo, las habitaciones de

servicio, un pequeño jardín con naranjos y el garage, que tenía la previsora

virtud de salir a otra calle, transversal a San Martín, la calle Avellaneda.

Avellaneda 258; un detalle sin mayor importancia durante décadas, pero que

dentro de pocas horas le salvaría la vida.

A esas horas Raúl Gustavo Trombetta, el Lali Trombetta, sodero de San Andrés de

Giles, llegaba con su esposa al departamento de la calle Libertad 1571, donde

vivían los Cámpora cuando estaban en la Capital.

María Georgina Acevedo de Cámpora, la Tía Nené, los recibió con su sonrisa

sempiterna, pero se veía a la legua que estaba angustiada. Los sacó de la sala,

presidida por el gran óleo de Evita, los metió en el comedor y cerró la puerta.

Debían llevarle a su marido un mensaje contundente: el golpe sería esa mismo

noche y Héctor encabezaba la lista de los más buscados. Debía escapar, ya.

El matrimonio hizo el viaje de regreso a toda velocidad. En San Andrés, Lali

estacionó el auto a pocos metros del caserón. Saludó con apresión al policía de

guardia y entró al frío recibimiento de baldosas. Los custodios de la Federal

eran un obstáculo a salvar para la fuga. Pero los principales escollos se los

ponía por delante el propio Don Héctor. Dos meses atrás, cuando se hizo evidente

que regresarían los militares, empezó a insistirle: "Doctor, tiene que volverse

a México". La respuesta era invariable: "¿Por qué?, si yo no hice nada malo. No

tengo por qué escaparme como un bandido".

Esta vez lo escuchó en un grave silencio. Luego preguntó que estaban por hacer

su mujer y su hijo mayor.

-Se van, Don Héctor -repuso el sodero-. Ya se deben haber ido.

Este último dato lo convenció. Le dijo a Lali que fuera a San Antonio de Areco,

lo viera al Gordo T y le pidiera las llaves de su quinta, para esconderse allí.

Era una de las alternativas que habían pensado, en previsión de este emergencia.

Aunque San Antonio estaba a unos veinticinco kilómetros de Giles, no había

tiempo que perder.

Cámpora se encerró en su dormitorio y se puso a preparar las valijas. Le

repugnaba la idea de escaparse, pero intuía que esta vez no podía presentarse a

los militares y decirles, como les había dicho en el 55: "Acá estoy, pueden

investigarme". No tenía una idea cabal del maremoto represivo que se cernía

sobre la Argentina, pero tampoco ignoraba que habría muertos y que él bien podía

ser uno de ellos.

A las cinco de la tarde, mientras el sodero alertaba al ex presidente, los

principales políticos del país se aglomeraban en Rivadavia 882, donde tenía su

estudio el hermano del jefe radical, Ricardo Balbín, para escuchar a Carlos

Juárez, un antiguo hereje de la conducción peronista, convertido en vocero del

Partido Justicialista. "La Señora Presidente -dijo Juárez- está a punto de

conversar con los tres comandantes, para superar la crisis".

El cónclave de los políticos se prolongó varias horas. Antes de que se llegara a

ninguna conclusión, el doctor Oscar Alende, titular del Partido Intransigente,

pidió perdón por abandonarlos en función de un "acto narcisista". Quería ver por

televisión, junto a su esposa, el discurso que acababa de grabar y que iba a

difundirse esa noche por la Cadena Nacional de Radio y Televisión. El espacio,

cedido por la Presidenta a los opositores en una busca desesperada de oxígeno,

había sido usado por Balbín, seis días antes, para un diagnóstico implacable:

"todo está naufragado". En verdad, la dirigencia radical venía manteniendo

reuniones con los golpistas desde octubre del año anterior.

El sodero Lali recorrió San Antonio de Areco con angustia: el Gordo T no

apariecía por ningún lado. Rehízo el camino a Giles pensando en una segunda

alternativa, pero al pasar cerca de la comisaría vio la camioneta del Gordo

estacionada frente a la casa de un pariente. No se animó a bajar por la vecindad

con los policías y prefirió esperarlo. Se quedó una hora dentro del coche, pero

el Gordo no dio señales de vida. En la radio anunciaron a Oscar Alende. Eran las

ocho y media de la noche del 23 de marzo. El mensaje en favor de la democracia

se había adelantado media hora para no superponerse con el partido

River-Portuguesa, por la Copa Libertadores de América, que comenzaba a las 21.

Cámpora, con aire de total normalidad, estaba en la sala viendo por televisión

al doctor Alende, con quien se lo había vinculado en una posible fórmula

frentista para las elecciones presidenciales del 77, que ahora podrían

adelantarse para salvar a un gobierno agonizante. El último delegado de Perón

estaba acompañado por uno de sus custodios de confianza, el chofer Oscar Moya, y

uno de los agentes de la Federal, que se había replegado a un discreto segundo

plano. En cuanto Lali entró, Don Héctor le hizo una rápida seña con las cejas,

como en los partidos de truco que jugaban en el Club Almafuerte. En la tele

Alende convocaba a la "convergencia de las fuerzas revolucionarias de la

Argentina".

A cien kilómetros de allí, en la sede del Ministerio de Defensa, el teniente

general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el Brigadier

Orlando Ramón Agosti, escuchaban al nuevo titular de la cartera, José Deheza, un

nacionalista católico, yerno del general Eduardo Lonardi (el jefe militar que

derrocó a Perón en 1955), convertido al peronismo e integrado al gobierno

isabelino. Deheza aseguró a los comandantes que ni a él ni a la Presidente les

temblaría la mano si hubiera que firmar sentencias de muerte a los subversivos.

La declaración no conmovió a sus interlocutores. El general Videla fue el único

que habló: cortésmente pidió permiso para ir al baño.

En la Casa Rosada, Isabel Perón mantenía una reunión con ex ministros,

dirigentes sindicales y legisladores ultraverticalistas. Su nuevo ministro del

Interior, Roberto Ares, llegado al gobierno en la décima recomposición del

gabinete desde el 1º de julio de 1974, se despedía de los periodistas

acreditados con una sonrisa y una promesa temeraria: "Hasta mañana, muchachos".

Afuera, en una Plaza de Mayo desierta, veinte mujeres coreaban: "Se siente, se

siente, Isabel Presidente".

Se encerraron en lo que solía ser el despacho de abogado de Héctor y Carlos para

arreglar los detalles de la fuga. Cámpora ya tenía preparadas dos valijas y le

contrarió mucho saber que el Gordo T estaba tan cerca y al mismo tiempo

inaccesible. Lali lo apremió para escapar cuanto antes y logró convencerlo.

Irían directamente a San Antonio y le caerían, de sopetón, al Gordo. El único

problema eran esos policías que de cuidadores se podían transformar súbitamente

en carceleros. Decidieron engañarlos: les dirían que el doctor no cenaría afuera

como solía hacerlo muchas veces. Que fueran ellos a comer antes de que se les

hiciera tarde. Si tenían escrúpulos y no querían ir juntos se la jugarían igual:

Cámpora saldría con Moya y el otro custodio por la puerta de atrás. Lali debía

irse primero, como si nada pasara, pero los esperaría a cinco kilómetros de

distancia, en un discreto cruce de la ruta 41.

Cuando dejó la casa los dos policías charlaban en el zaguán tan tranquilos. Uno

miraba la hora. Adentro, Cámpora y sus dos hombres de confianza se movieron como

sombras, tapando los ruidos de la fuga con la transmisión del partido a todo

volúmen. Cargaron las valijas en el Fairlane azul de Don Héctor, levantaron la

cortina metálica del garage, pesada y ruidosa, y apareció ante sus ojos la

chatura nocturna y despoblada de la calle Avellaneda. Nadie en la vereda de

enfrente. Moya metió la primera y el auto salió del garaje. Antes de recorrer

los cincuenta metros que lo separaban de la esquina, se cortó la luz. El auto

cruzó en tinieblas la calle San Martín, iluminando con sus faros las aceras

despobladas.

Después se dijo que el apagón había sido intencional.